Es preciso regresar una y otra vez a las fuentes que alimentan la entraña mística del cristianismo. Por eso, autores antiguos como Juan de Dalyata prestan un servicio impagable a la Iglesia que peregrina en la historia. Quizá sorprenda que este monje solitario, habitante de las cordilleras del Kurdistán, termine siendo más contemporáneo que muchos maestros actuales de espiritualidad. Y no a causa de su exotismo, sino por haber entendido que la genuina vida cristiana tiene que ser a la vez verdaderamente humana y realistamente divina. Como ocurre con otros grandes maestros espirituales de su tiempo -Isaac de Nínive o Yauseph Hazzaya-, la clave de su perennidad reside en que conecta con los anhelos de quienes buscan la misericordia de Dios tras haber vislumbrado los abismos de sus propias debilidades y pecados.