Que una mujer sea presentada como maestra, como prototipo de la piedad, no puede sorprender a nadie. Así inicia Kierkegaard el primero de estos tres discursos, denominados edificantes, sobre la mujer pecadora que se acerca a Jesús de Nazaret. En ellos, una experiencia aparentemente religiosa y moral se convierte en diálogo filosófico de carácter socrático. Porque cuando Kierkegaard invita a sus oyentes y lectores a abordar una cuestión, en el fondo les está proponiendo ensayar y adoptar aquellas actitudes que caracterizan el verdadero filosofar, la primera de las cuales es la escucha. Y es que solo quien es capaz de callar, de hacer silencio interior, podrá traspasar el umbral angosto que da acceso a la auténtica sabiduría.