El pasado siempre regresa por algo y el comisario Benítez no será la excepción. También tiene un pasado. Un encuentro casual con un antiguo compañero de estudios y se abrirá esa indeseable caja de pandora de los recuerdos que creímos digeridos. Un amor, la familia, la supervivencia. Y es que, ¿quién está libre como para tirar la primera piedra?, ¿quién no se ha visto abocado a traicionar sus principios en el convencimiento de que sería la excepción, en el autoengaño de que se trataba de una exigencia del guion? El problema es que el comisario Benítez nunca fue bueno para el engaño y regurgitará aquellas pasiones juveniles que ahora se convierten en recuerdos innobles. Lorca, nuestro poeta universal va a estar presente y los sueños, los sueños de juventud. La vida de su amigo no ha corrido mejor suerte y Benítez parece que encuentra un modo de resarcirse de sus demonios, un propósito de enmienda tardío pero noble. Lo que no sabe es que el pasado siempre regresa por algo y su verdadera lucha será con él. En 1.401, Benítez pretende desentrañar aberrantes abusos cometidos por algunos miembros de la Iglesia. Y perderá la partida. Perderá la partida con su pasado. Se cruzarán otros casos en la narración como el misterioso accidente del presidente de la ONCE, Antonio Vicente Mosquete. Pero nada se resolverá y es que, en algunas democracias, la verdad nunca ha sido el objetivo, aunque a Benítez le cueste asimilarlo. Me has pedido que renuncie a la justicia, pero no voy a renunciar a la verdad. Para algo servirá. 1.401. Serie Benítez