Max Ginebra -un veterano gigoló sumido en una amargura de tintes nihilistas- expone en un corrosivo y procaz monólogo su visión desoladora del mundo y de sí mismo. Antihéroe caviloso e insomne, Ginebra caricaturiza y desmitifica todo lo que encuentra a su paso. En una atmósfera sórdida y truculenta (no apta para todos los paladares) se suceden episodios estrambóticos, evocaciones macabras y alucinaciones que oscilan entre lo ascético y lo sacrílego. En esta novela todo ha sido elevado a las cimas de lo grotesco: la religión, el sexo, la violencia, el trabajo, la política, el fracaso, la fama, la cultura, la muerte. El narrador, sin embargo, no es un simple provocador empeñado en reventar certidumbres. Tras ese torrente de decadencia y cinismo subyace una mirada lúcida y compasiva sobre la soledad, la identidad masculina en crisis, la alienación urbana, el desencanto existencial y la nostalgia de Dios.