El haiku japonés contiene, en su brevedad, la totalidad de la vida. Y lo hace desde lo que dice y, sobre todo, desde lo que no dice. El haiku no impone; se expone, como la gota de rocío, captando el instante que, siendo frágil, fugitivo, permanece en nuestra memoria. El haiku nace de una conciencia desasida, en honda comunión con la naturaleza que nos revela lo que somos. La palabra estacional, kigo, no es sólo un adorno; es una manera de fijar el instante y de avivar la sensibilidad, despertando la resonancia en cada detalle. La vida en sí, despojada de cualquier pretensión retórica, vibrando en todo, como lo que es: el puro asombro, el puro milagro de ser. Lo corriente es lo extraordinario. Lo que se canta -aquí y ahora- contiene no sólo eso, sino también su contexto callado. La fuerza del haiku nace de su tensión: dos imágenes visibles, o una que sugiere otra ausente; el corte de una palabra, kireji, -que, a veces, se sustituye por la respiración o por la pausa- y, en definitiva, el contraste que genera una cierta iluminación o satori, que se sitúa en el corazón de esa nada. Y es de esa aparente facilidad de donde nace la sutileza que enriquece la historia del poema más breve del mundo. Pues, siendo el haiku un poema nacido de la levedad del haikai no renga (derivación humorística del renga aristocrático), alcanza con Bashô una hondura que lo convierte en poema autónomo y en camino de perfección, tanto desde el punto de vista espiritual como desde el punto de vista estético. Cada uno de los poemas aparece con su transcripción fonética en rômaji. Los diecisiete sonidos que configuran la mayoría de los poemas se visualizan con la división de su estructura silábica (5-7-5), que se mantiene en la traducción.