A conversar se aprende ... ¿sobre la marcha? ¿Se puede «enseñar» a conversar? ¿Es posible, o aconsejable incluso, poner un filtro de reflexión a algo tan espontáneo, en principio, como es la conversación? ¿Tiene algún sentido hacerle un hueco en las clases de lengua?
De las cuatro habilidades comunicativas básicas -leer, escribir, hablar y escuchar-, la escuela ha venido centrándose tradicionalmente en las dos primeras, cuyo dominio, es cierto, resulta imprescindible en la vida social y académica. En los últimos años, las aulas de secundaria han ido abriéndose paulatinamente también a los usos orales más o menos formales (preparación de charlas y conferencias, debates, entrevistas), pero parecemos convencidos de que a
conversar no se puede enseñar.
Y, sin embargo, lo que es indudable es que a eso nunca terminamos de aprender. Seguimos, ya adultos, tropezando una y otra vez con las palabras. Porque nos pasamos la vida hablando (o escuchando), y no siempre acertamos con las palabras (o los silencios). Si estamos de acuerdo en que en nuestros actos comunicativos tanta importancia tiene la circulación de información como la relación interpersonal que se teje entre los interlocutores, deberíamos pararnos a pensar cómo podemos mejorar en nuestro día a día una y otra vertiente. Lo que ocurre es que mientras la primera -cómo transmitir más eficazmente una información- cada vez se trabaja de manera más concienzuda en la escuela y en la empresa, la segunda -cómo cuidar mejor las relaciones interpersonales que se tejen al hilo de las palabras- pocas veces es objeto de reflexión colectiva.