El 3 de noviembre de 1985, el Papa Juan Pablo II beatificaba en la Basílica de San Pedro, en Roma, al carmelita holandés Tito Brandsma, que había muerto 43 años antes en el campo de concentración de Dachau, en Alemania. En el proceso de beatificación fue decisivo el testimonio de la enfermera que le aplicó la inyección de ácido fénico que acabaría con su vida y que declararía con nombre falso (Tizia) por temor a posibles represalias. En la homilía, el Papa recordaba cómo el Beato Tito había predicado y proclamado una cultura del amor y del perdón, frente a la filosofía del nazismo que culminaba en los campos de concentración organizados según el programa del desprecio del hombre, según el programa del odio.
La figura del P. Tito Brandsma es una figura poliédrica: hombre muy activo, culturalmente inquieto, algo ecléctico, conciliador en las situaciones difíciles, pero muy firme en sus convicciones, profundamente inserto en el mundo de su tiempo (medios de comunicación, docencia, compromiso político) y, al mismo tiempo, con una intensa vida interior. Sacerdote carmelita, periodista, profesor de filosofía y de historia de la mística en la Universidad de Nimega, Rector de la misma Universidad en 1932, interesado en el diálogo ecuménico, eclesiástico con importantes responsabilidades, representante de los obispos holandeses en varias misiones decisivas (incluida la que le costaría la detención) y un largo etcétera de ocupaciones, cargos, dimensiones y facetas que hacen de la biografía del P.